La gente en el autobús empezó a darse la vuelta.
“Los jóvenes de hoy en día no tienen ningún respeto”, añadió, esta vez para que todo el autobús la oyera. “Se sientan encorvados, mientras que una mujer con niños debería estar de pie”.
El joven respondió con calma:
“No fui grosero con nadie”.
—Entonces ceda el paso —interrumpió ella—. Son modales básicos. Un hombre de verdad no se sienta cuando hay una madre y sus hijos cerca.
Uno de los pasajeros asintió. La mujer continuó:
¿Te cuesta ponerte de pie? Eres joven y sano. ¿O te molestan tus tatuajes?
¿Estás seguro de que mereces sentarte en este asiento sólo porque tienes hijos?
“Claro”, espetó. “Soy madre”. ¿Acaso eres digno?
La tensión llenó la cabina. El chico se levantó lentamente, agarrándose a la barandilla.
—Mira, puedes hacerlo cuando quieras —dijo mamá con un tono visiblemente triunfal—. Deberías haberlo hecho de la manera fácil.
Pero fue en ese momento que el joven hizo algo que dejó a todos atónitos.
Tras estas palabras, el chico se levantó el pantalón. Debajo había una prótesis. El metal brillaba a la luz. Alguien en la cabina jadeó levemente. Un hombre bajó la mirada y una anciana se tapó la boca con la mano.
Mamá palideció de repente. Su confianza se desvaneció en un instante. Intentó decir algo, pero le fallaron las palabras. Los niños se aferraron a ella con más fuerza.
El chico se bajó el pantalón con calma y volvió a sentarse. No dijo nada innecesario, no miró a su alrededor, no intentó avergonzar a nadie. No había ira en su rostro, solo cansancio.
Un silencio incómodo se apoderó del autobús. Uno de los pasajeros comentó en voz baja que no se puede juzgar a una persona por sus tatuajes ni su edad. Varios estuvieron de acuerdo.
Mamá ya no exigió asiento. Simplemente se quedó en silencio, mirando por la ventana.