Hoy, mi hija abrió su helado de chocolate favorito, el mismo que come casi todos los días después de la escuela. Todo estaba como siempre: un cono crujiente, un aroma dulce, una suave capa de chocolate encima. Pero unos segundos después, la oí decir sorprendida: “¡Mamá, mira qué es esto!”. Me acerqué y vi algo extraño y oscuro dentro, como un trozo de envoltorio o caramelo. Al principio, pensamos que era solo un defecto, luego que tal vez se había metido un trozo de chocolate. Pero mi hija, siempre curiosa, decidió rebuscar con cuidado con una cuchara. Un momento después, gritó. Dentro, justo debajo del chocolate, vimos…
Comenzó como cualquier otro día de la semana.
Las mochilas escolares se dejaban caer en la puerta. Los zapatos se ponían a toda prisa. El zumbido familiar del congelador abriéndose en la cocina. El ritual favorito de mi hija después de clase era tan predecible como la puesta de sol: primero la tarea, luego su adorado helado de chocolate.
Ella come lo mismo casi todos los días.
Cono crujiente. Aroma dulce a cacao. Una gruesa capa de chocolate que se deshace al primer bocado.
Todo estaba como siempre.
Hasta que no lo fue.
“Mamá, mira, ¿qué es esto?”
Estaba en la habitación de al lado cuando oí su voz.
No tengo miedo. No estoy molesto. Solo estoy confundido.