Nunca oyó llorar a su bebé. Eso fue lo primero que la destrozó.
La sala estaba llena de movimiento: médicos hablando rápido, máquinas pitando, manos presionando y levantando, pero no se oía el sonido que había esperado durante nueve meses. Ninguna vocecita. Ningún primer aliento.
Alguien finalmente dijo las palabras suavemente, como si el volumen pudiera suavizar la verdad:
“Lo sentimos mucho”.
Su hijo se fue antes de que ella pudiera abrazarlo.