Nunca oyó llorar a su bebé. Eso fue lo primero que la destrozó.

Nunca oyó llorar a su bebé. Eso fue lo primero que la destrozó.

La sala estaba llena de movimiento: médicos hablando rápido, máquinas pitando, manos presionando y levantando, pero no se oía el sonido que había esperado durante nueve meses. Ninguna vocecita. Ningún primer aliento.

Alguien finalmente dijo las palabras suavemente, como si el volumen pudiera suavizar la verdad:
“Lo sentimos mucho”.

Su hijo se fue antes de que ella pudiera abrazarlo.

En los días siguientes, su cuerpo le dolía terriblemente. Sentía los brazos vacíos pero pesados, como si todavía estuvieran destinados a cargar a alguien. La leche seguía llegando. La vida insistía en continuar, aunque la suya parecía haberse detenido.

Su esposo estuvo a su lado en el funeral con un traje negro que no le sentaba bien. Le cogió la mano, pero la apretó con fuerza. Su mirada se desvió. Ella pensó que era dolor. Quería creer que era dolor

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