“Solo me queda un año de vida. Cásate conmigo, dame un hijo y tu familia no volverá a tener problemas económicos”, dijo el rico terrateniente.

“Solo me queda un año de vida. Cásate conmigo, dame un hijo y tu familia nunca volverá a tener problemas económicos”, dijo el rico terrateniente.

La pobre lechera accedió desesperada. Pero en su noche de bodas, ocurrió algo terrible que la dejó horrorizada.

La pobre muchacha solo tenía veinte años. Sus manos olían a leche y heno, y sus botas estaban apenas secas del barro. Vivía en una vieja casa de madera con su madre enferma. Su padre estaba en prisión por deudas que no podía pagar.

En el pueblo corrían diversos rumores, pero el hecho era el mismo: no había quien sustentara a la familia, ni dinero, y a veces realmente no tenían nada para comer.

La madre se debilitaba cada mes que pasaba. Las medicinas eran caras. La niña se levantaba antes del amanecer y trabajaba en la granja hasta el anochecer, pero apenas le alcanzaba para comprar pan. A veces se sentaba junto a la ventana y simplemente miraba el camino, sin saber qué hacer.

Y fue en ese momento que apareció en sus vidas un hombre rico. Tenía unos cuarenta años. Tenía un traje caro, un coche caro y la mirada pesada de un hombre acostumbrado a ser aceptado.

Llegó a su casa y dijo con calma, casi con indiferencia:

Ayudaré a tu padre a salir pronto. Pagaré sus deudas. A tu familia nunca le faltará nada. Cásate conmigo y dame un hijo. Moriré dentro de un año.

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