Salí a tomar aire fresco antes de que el sol terminara de asomarse en el horizonte. La luz aún era tenue, el pasto brillaba por el rocío y todo parecía tranquilo. Fue entonces cuando lo vi: un cuerpo largo, húmedo y brillante que se deslizaba en silencio sobre la tierra. Su forma no se parecía a nada que hubiera visto antes en mi jardín. Lo más llamativo era su cabeza: aplanada, ancha y con una silueta que recordaba a una pequeña pala o al martillo de un tiburón en miniatura.
Por un instante pensé que mis ojos me estaban jugando una mala pasada. Me quedé inmóvil, sin saber si se trataba de un animal peligroso o venenoso. Lo observé avanzar despacio, casi hipnotizado por su movimiento fluido, hasta que decidí buscar respuestas. Lo que descubrí me dejó todavía más inquieto de lo que estaba.
No era un gusano común: era un planario terrestre