Cocinar con ella era entrar en un mundo mágico. Sus manos parecían tener memoria propia. Mezclaban, amasaban y probaban con una seguridad admirable. Lo más sorprendente es que, sin importar cuántas veces repitiera la receta, siempre sabía igual de deliciosa.
Una cocina sencilla pero llena de alma
Mi abuela no necesitaba ingredientes exóticos para deslumbrar. Con lo que encontraba en el mercado local o en el huerto de la casa, lograba auténticas maravillas. Esa sencillez era la clave de su cocina.
El secreto estaba en saber aprovechar lo que había disponible. Un poco de ajo, hierbas frescas y especias cuidadosamente seleccionadas eran suficientes. Con esos detalles transformaba cualquier plato en una experiencia que llenaba el corazón.